Dossier: Las sombras vividas de Carlos Palacio y Juan Gil-Albert

Continuando con nuestro afán recuperador de textos escritos o relacionados con la música alcoyana, conseguimos esta carta de Carlos Palacio a Juan Gil-Albert, publicada en el suplemento cultural “La Casa del Pavo” del periódico “Ciudad” en abril de 1983

  PMB

 

Carlos Palacio (Alcoy, 1911-París, 1997)
Carlos Palacio (Alcoy, 1911-París, 1997)

Existe un doble motivo para recuperar esta carta publicada ya hace 31 años. El primero, la presentación del libro de Àngel Lluís Ferrando “Carlos Palacio: vivència i perviència” en el Auditorio del Aula de Música de la Universidad de Alcalá de Henares; y, el segundo, el cincuentenario de la primera edición de una de las obras más personales del escritor alcoyano “Concierto en “mi” menor” que regala “El Nostre Ciutat” en su edición del 22 de Noviembre.

 Palacio fue colaborador del gobierno de la Segunda república la cual, a través del Ministerio de Instrucción Pública,  le encargó una serie de himnos siendo los más conocidos “Himnos a la Sexta División”, “Marcha de las Brigadas Internacionales” o “Compañías de acero” que fue considerada como la “Marsellesa española”. En 1950 marcha a vivir a París por una beca del ministerio de Cultura francés donde continúa su carrera musical con títulos como “Canción para un niño que nace en el destierro” dedicada a su hijo Carlos, “La Cantiga de la Tierra”, “Cantata a Lenin”, “La amante” con textos de Alberti y la más conocida “España en mi corazón”.

CARTA ABIERTA EN “MI” MENOR A GIL-ALBERT, por CARLOS PALACIO

ANDANTE CANTABILE

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El Salt que tan bien describe Palacio es la Villa Vicenta donde La Primitiva ofreció un concierto el 2 de julio de 2011

 Juan, amigo: sobre mi mesa de trabajo reposan varios libros tuyos leídos y releídos. Hojeo algunas páginas al azar. A través de hombres y paisajes que tan sutilmente evocas, me parece encontrar algo mío, algo de mi vida que se hubiera engarzado -tú sin saberlo ni proponértelo- entre el tejido laborioso de tus palabras. Amigos que fueron tuyos que también se confundieron un poco con mi existencia. No cito nombres, la lista podría ser interminable. Vivires que tanto se parecen a los por mí sufridos; paisajes a los por mí mirados. La guerra de España, la derrota de la República; más tarde el exilio. ¡Pobre libro aquel en el que uno no encuentre una partícula de sí mismo y le hagan editar en su propio destino de criatura mortal! Pero antes, muchos años antes, lejos aún del vendaval de la historia que iba a dispersarnos como ceniza por tantos lugares de la tierra, ¿quién eras tú para mí? Te veo adolescente, ya empeñado en la creación de una obra literaria que ibas a dotar de una hondura que reflejaría, sensibilizada, los momentos alucinantes y dramáticos que más tarde vivirías. Porque ser poeta es percibir las sonoridades  de toda cosa creada, de toda amistad sentida; ser poeta es incrustarse con el alma abierta en todo vivir angustiado o gozoso, darle forma artística -a veces dolorosa- y salvarlo del olvido y de la nada. Habías escrito ya hermosos libros: “Vibración de estío” y “Fascinación de lo irreal” , que yo no conocía todavía. Tampoco te conocía a ti. Yo tenía entonces 17 años, tu nombre me sonaba en los oídos con una persistencia que alimentaba el vivo deseo de conocerte. La primera vez que te vi, en la calle San Lorenzo, salías de la antigua papelería “La Rata”, contigua a la también desaparecida panadería “La espiga de oro”. Vestías un traje de blanco incólume; era verano y la tarde alcoyana desfallecía de calor. Pocas semanas después, conducido por la mano de un amigo que tanto tú como yo apreciábamos, Pascual Pla y Beltrán -¿no le has olvidado, verdad, Juan? ¿Recuerdas aquellos ojos grandes y oscuros donde anidaba una angustia sin esperanza?- comenzamos a visitarte en tu casa veraniega que los alcoyanos conocíamos por El Salt. Llegábamos cansados y sedientos -hacíamos el camino a pie- y tu madre nos ofrecía frutas y refrescos. La recuerdo con simpatía, como si aún la viera; mujer menuda y movediza parecía que las cosas se encendiesen a su paso. Más que todo yo apreciaba en ella su adorable sonrisa. Veo también, entre mis lejanos recuerdos, como en el fondo de un lago transparente a tu cuñado Venancio, el médico, jovial, simpático y esbelto, marcado ya por un breve destino mortal, marchándose quizá, tan cargado de vida estaba, sin haber tenido tiempo de pensar en la muerte que le rondaba. También recuerdo a tu hermana. ¿Cuál de las dos?, me pregunto. ¿La que más tarde llamarías Perséfona? Ya no perdimos el contacto contigo; tu amistad nos era preciosa, y más tarde se unirían a nosotros Rafael Casasempere Juan, su hermano Gregorio y algún amigo más. Nos leías tú poemas como yo no he oído leer a nadie, con una dicción iluminada por el fervor de una profesión de fe que era para ti la poesía y que debías de sentir hasta el fondo de tu alma; versos hechos de gotas y matices que en tus labios acababan por desbordarse en una corriente poderosa. Yo descubría en ti al poeta, te me revelabas en sutiles poemas cuyo sentido y para desgracia mía no siempre era capaz de captar, pero cuya bella musicalidad me cautivaba. Por eso, a veces, cuando nos leías, me sentía excluído de un universo palpitante de delicadezas, como si se me hubiesen cerrado las puertas de un paraíso adorable que no mereciera gozar, y dejaba vagar mi imaginación por la casona de tus mayores. Así puedo recordar aún, como si delante de los ojos los tuviese todavía, la capilla (donde los días grandes de domingo, a la hora solemne y humilde de la misa, desaparecías entre el incienso que esparcías a tu alrededor); la gruta, con su discreto y melodioso murmullo de agua sin destino y el canto secreto de pájaros oscuros, la olmeda y aquellos bancales de olivos bordeados que me hacían pensar en la Italia que sólo a través de los escritos de Stendhal conocía.

ADAGIO DOLOROSO MOLTO CANTATO

Portada de sus memorias "Acordes en el alma" (Editado por Instituto Juan Gil-Albert, 1984)
Portada de sus memorias “Acordes en el alma” (Editado por Instituto Juan Gil-Albert, 1984)

Muy pronto, cada uno de nosotros iba a salir de su ámbito reducido y egoísta para incorporarse a una vida mayor. La historia se había aposentado con letras mayúsculas de sangre en el calendario: 18 de julio. ¡Adiós claras, adiós tardes únicas del Salt! Tú quedaste en Valencia, creo; a mí me sorprendieron los acontecimienbtos en Madrid y allí viví el asedio de la capital. Se había creado la Alianza de Intelectuales Antifascistas que tenía su sede en el palacio de Heredia Espínola, que tan bien conociste y del que más tarde escribirías. La mayoría de los compositores que vivían en Madrid, aislados ayer aún de la soledad de sus gabinetes de trabajo, se encontraron en el seno de dicha entidad. Has hablado en tus escritos, Juan, de los escritores; permíteme que cite a algunos compositores; Salvador Bacarisse, Rodolfo Halffter, Julián Bautista, José Moreno Gans, Enrique Casal-Chapí, Gustavo Durán (pocos meses después mandaría el XX Cuerpo de Ejército), Manuel Lazareno y los musicólogos Adolfo Salazar,  Eduardo Martínez Torner, José Castro Escudero y entre otros quien escribe estas líneas. Al desafío de “cuando oigo la palabra cultura saco la pistola y disparo”, el mundo intelectual se estrechó en una solidaridad organizada y activa dispuesta a defender el pensamiento. En Valencia  se creó también la Alianza y un día nos avisaron que dos intelectuales se desplazaban a Madrid portadores de un mensaje de alientos en los días difíciles que se avecinaban. Madrid vivía ya estremecido de obuses y muchos edificios mostraban desgarradoras cicatrices. Estaban presentes José Bergamín, Miguel Hernández, Pedro Garfias, León Felipe, Luis Cernuda, Rafael Alberti, María Teresa León y Emilio Prados entre otros muchos. Tan pronto pisaron el umbral del gran salón los escritores valencianos, todos nos pusimos de pie y los aplausos estallaron. No creo que los recién llegados ofrecieran a nadie más de lo que a mí me dieron: el abrazo de la vieja amistad, de la ciudad que era mía, Alcoy, aún tranquila pero ya desvelada por la guerra que se acercaba devorando hombres y ciudades. Los dos emisarios se llamaban Juan Gil-Albert y Pascual Pla y Beltrán.

 LENTO EXPRESIVO

 Algún tiempo después, ya evacuado el gobierno de Madrid nos volvimos a ver en Valencia. Eras redactor de Hora de España, revista que habías contribuído a fundar. Yo colaboraba en Música, portavoz de los compositores antifascistas, creada y subvencionada por el Ministerio de Instrucción Pública cuyo director de Bellas Artes era nuestro amigo el dibujante José Renau. Nos veíamos casi a diario aunque ya no tendríamos tiempo para la amistad poética y serena que había sido la nuestra. Nada ya volvería a ser lo que había sido. Nos encontrabámos a veces en la Alianza de Intelectuales, sita en la calle del Gobernador Viejo -casona de sabor rancio y antiguo, donde parecía que aún vibraba en sus salones el eco de un viejo aire de minué-, y también sobre las tres de la tarde en el histórico café Ideal Room, en la calle de La Paz. Era el lugar de reunión de los intelectuales evacuados por el gobierno, aunque nunca vi ni a don Antonio Machado ni a don Jacinto Benavente, por razones distintas que tú y yo conocíamos bien.

ANDANTINO CORAL CON FUOCO

Carlos Palacio en su Alcoy natal
Carlos Palacio en su Alcoy natal

Una tarde nos encontrabámos en dicho café alrededor de una mesa. No recuerdo si se hallaba con nosotros Acario Cotapos, el compositor brasileño o Luis Cernuda. Pero sí recuerdo el momento de emoción que íbamos a vivir: la interrupción inesperada del grupo de teatro del Altavoz del Frente que dirigía mi amigo argentino Martínez Allende (yo era responsable de la sección musical) que actuaba en los cafés, en las plazas, por las calles. A su aparición, todas las conversaciones se paralizaron por ensalmo y, ante un silencio impresionante, las voces de las recitadoras, en vibrantes poemas, nos recordaban los temas dolorosos y heroicos de la guerra. Era como una triste y furiosa letanía a varias voces que nos aportaba a todos el viento duro de las trincheras.

 LARGO MELANCÓLICO

 Después, tu destino de guerra te llevó a Barcelona, más tarde al campo de concentración. Yo me refugié en Alcoy donde viví siete interminables años de destierro interior. Tú te exiliaste a tierras de antigua civilización española. El 23 de octubre de 1950 se estrenaba en el teatro Principal de Valencia por la orquesta que dirigía Daniel de Nueda -mi destierro en Francia ya había comenzado- una obra mía. Fue mi canto del cisne. Después… la gran noche se abatió sobre mi música en España. Cerrado por el Oeste -realidad geográfica entrañable y perdida- me vi obligado a abrir brecha por el Este. Así paséo por muchas ciudades dejándome en ellas girones de mi alma y de mi música. Perdona que hable tanto de tu paisano Carlos Palacio -tú eres el personaje único de mis cuartillas-, pero no puedo verte en abstracto, no puedo escribir una palabra de nadie ni de nada si no sale de mí, si no asciende impregnada con la cargazón de mis conflictos interiores, de mis sombras vividas, mortecinos chispazos no apagados todavía. Al cabo de 37 años te visitaba de nuevo, pero ya no en El Salt, sino en tu acogedor salón de la calle Martí de Valencia. Con algunas nuevas arrugas en tu rostro -las mías son incontables- encontré al hombre que había sido siempre. No se podía hablar mal de nadie delante de ti. Intransigente con la bajeza y la mezquindad, eras respetuodo con la amistad, razonable con la vida, comprensivo para todo. “No soy un afrancesado”, me dijiste un día, “soy español que razona”.

ALLEGRO FESTIVO

Siendo alcalde José Sanus, recibía Juan Gil-Albert la Medalla de Oro y el nombramiento de Hijo Predilecto de Alcoy un 13 de abril de 1983
Siendo alcalde José Sanus, recibía Juan Gil-Albert la Medalla de Oro y el nombramiento de Hijo Predilecto de Alcoy el 13 de abril de 1983

Juan Gil-Albert, el pueblo de Alcoy, tu pueblo, va a entregare la Medalla de Oro de la Ciudad en premio a una larga vida de trabajo y creación. Habrás adivinado que mi escrito no pretende más que sumarse a un homenaje tan merecidamente concedido. Te diré a título personal que esa Medalla no es sólo premio a una obra realizada sino incentivo para continuarla. Cada página que escribas nos aportará una riqueza nueva que yo -sensible a tu decir- sabré entre tantos apreciar y agradecer.

PIU LENTO CON DELICATEZZA Y FINEZZA

Te escribo desde I’Ille d’Yeu, tierra de antiguos levantamientos contra la revolucón anclada como un navío en pleno Océano Atlántico. Una tempestad de verano azota hoy con sus furores desencadenados el blanco cementerio marino que diviso desde mi rústica ventana, como si el mar, rencoroso, buscase aún a aquellos seres que fueron sus víctimas inocentes. Emilia cose con su hilo infinito y la gata Lady descansa sobre mis rodillas su eternidad dormida. En una de mis últimas visitas hablamos -como siempre- de Alcoy. En el momento de despedirse de ti los amigos que te acompañaban al hotel, una muchacha alcoyana, conmovida hasta las lágrimas al estrechar tu mano, exclamó: “¡Qué feliç sóc!. Juan, dado el afecto que te profeso y el respeto que tu obra literaria me merece, te diré, donde estas tierras francesas que hace más de 30 años acogieron mi orfandad de español que, cuando recibas la Medalla de Oro de manos alcoyanas, también me sentiré -cosa tan difícil hoy- feliz al recordarte.

Ille d’Yeu (Francia)

2 de agosto de 1982

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