Homenaje: Rosita Vicedo, lírica y caridad

Con motivo del fallecimiento de la cantante lírica, publicamos este artículo de Juan Javier Gisbert Cortés que vio la luz en la revista Lilia de 2006 junto con un emotivo añadido final. Descanse en paz.

Rosita Vicedo Asensi, recientemente fallecida

Conocí a Rosita Vicedo Asensi allá por los años finales de los setenta, cuando la Transición Democrática se estaba desarrollando, cuando todavía nuestra Constitución no había nacido, eran momentos convulsos, tensos, casi presagiaban el final de épocas pretéritas. Por aquellas calendas el nombre de Rosita Vicedo ya sonaba como un gran hito en la lírica amateur alcoyana. Los aficionados comarcales recordaban cariñosos y nostálgicos aquellos Bohemios (1954) o su querida zarzuela La del Manojo de Rosas (1954), fueron sus primeros pasos, aquellas partituras a las cuales siempre permanecerá unida. Hablar de Pilar Mompó -la excelente pianista- o de Gregorio Casasempere Juan -el popular director y compositor- será mencionar algunos de los nombres que la rodearán constantemente en su buen quehacer musical, así como su tutor espiritual, el sacerdote Cirilo Tormo Durá, gran amigo de la familia Fuster-Vicedo.

Rosita fue una soprano nacida en la alcoyanísima calle de la Cordeta, muy cerca de la emisora Radio Alcoy-E.A.J. 12, en el edificio “Barchellet”, donde su padre desempeñaba el cargo de chofer. De su madre Amalia aprendió el difícil arte de cantar, de expresar el contenido de la partitura -porque así lo ha hecho siempre Rosi-, ya que su progenitora fue una aventajada soprano de Xixona, de bellísima voz, quien en sus años de juventud interpretó algunos papeles solistas, citando de entre ellos El puñao de rosas.

Pronto nuestra amiga, destacó en el Coro Femenino de San Roque y de la mano de Doña Pilar Mompó debutó como solista, cantando “Reverie” de Schubert. En las celebraciones eucarísticas sanroquianas la voz de La Vicedo fue sonando con ímpetu, cautivando a los feligreses. En enero de 1954, y sobre las tan recordadas tablas del Teatro Circo se representó Bohemios de Amadeo Vives, contando como pareja con el tenor y paisano Antulio Abad. El actor de carácter Emilio Vilaplana “Capeta”, sería el encargado de dirigir escénicamente el conjunto. Aplausos y grandes comentarios tuvieron las dos funciones de aquel frío martes de invierno. La recaudación de la misma fue a beneficio del Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Alcoy.

Y como una premonición, como un designio del cielo, Rosita siguió cantando siempre a beneficio de alguna entidad necesitada, pensando siempre en ofrecer las notas de su garganta en pro de los centros dedicados a crear el bien. A estas zarzuelas y en el mismo año le siguieron títulos tan conocidos y populares como: La Gran Vía, La Revoltosa, La canción del olvido o su celebérrima La del manojo de rosas. Alternó en escena con Enrique Llácer, Antulio Abad, Enrique Ferre o Francisco Baldó, siendo dirigida por la batuta del citado Casasempere o por el casi hoy olvidado Castro Gamarra.

Pero los amores llegan, y la jovencita Rosita se enamora perdidamente de Marcelino Fuster Cano, un hombre con quién compartirá toda su vida, hasta el momento del adiós terrenal, acontecido en 1990. Antes de unirse en matrimonio con Marce en 1958, cantará la partitura de Sorozábal -y con ella serán mas de treinta las ocasiones- donde encarnaría el papel de la florista Ascensión. Después del enlace eclesiástico, la soprano dejó los escenarios, su esposo no se mostraba muy de acuerdo con verla maquillada sobre las candilejas de los teatros. Eran otros momentos, otras modas, periodos muy diferentes a los actuales, para ellos tendremos que pensar en pretérito y podremos comprender su alejamiento escénico. Tampoco sirvió para nada aquella carta firmada por Marcos Redondo -el legendario barítono español- quién le preguntaba en unas emotivas líneas: ¿No le interesaría una pequeña tournée con este humilde barítono?

Pero sus trinos, gorjeos y agudos siguieron sonando en las iglesias, en los conventos, en las  celebraciones dedicadas al Señor o a la Santísima Madre. Ella estrenó en Alcoy -en bodas y bautizos- el Ave María de Gounod, su gran caballo de batalla o el Panis Angelicus de Cesar Franck. Esporádicamente actuaría con Baldó -con quién le unió una perfecta y armónica simbiosis vocal- en las fiestas de San Roque o en algún festival en el Cine-Teatro Goya. También cantó en el Círculo Industrial, compartiendo terna con el tenor profesional y gran amigo suyo, Fernando Bañó Ferrando (1977). Durante los veintitrés años que permaneció alejada del “glamour” de la escena, dedicó su vida a los actos caritativos, a esas grandes cosas que salen del alma y que nunca se cuentan, aquellas de “entregarse por el bien del desvalido”. Porque Rosita es una persona de firmes convicciones espirituales, donde la constante de su vida ha sido “Una obra de amor” hacia los demás.

“La del manojo de rosas” (1980)

Con las Bodas de Plata de la Casa de Reposo Mariola-La Asunción -nuestro querido Preventorio-, se propuso -a sugerencia de Juan Jover Pascual- la reposición de La del manojo de rosas, pero con un bonito aliciente, que fuese interpretado por los mismos que la estrenaron allá por 1954. La idea cuajó y todos juntos como una piña se pusieron manos a la obra, en esta ocasión dirigidos escénicamente por Candela Reig y musicalmente por Casasempere Gisbert. El salón de actos del colegio de San Roque albergó los ensayos; las ilusiones afloraban en la piel y puedo afirmarlo porque fui testigo de la puesta en escena y de las noches previas al estreno, acontecido el 4 de Octubre de 1980. Tal fue el éxito cosechado que después de varias representaciones, se vieron obligados a llevar la función sobre el escenario del Teatro Circo. Aquel bellísimo espacio escénico que desapareció por “algunos intereses políticos y quién sabe si urbanísticos que nunca han sido esclarecidos” y que quizás algún día podamos conocer. Pero esto es madera para tratar en otros foros.

Alcoy se rindió ante La Vicedo, de nuevo todos esperaban verla en escena y seguidamente vinieron grandes títulos: Luisa Fernanda (1983), Bohemios (1985), La Calesera (1987), La Montería (1989), El Rey que rabió (1990), y La del manojo de rosas (1990), así como su homenaje de despedida en la Antología de la Zarzuela de 1992, compartiendo estrellato con Miguel de Alonso, Ignacio Encinas, Mario Ferrer, Juan Piqueras, Antonio Olcina, Pilar Blanes, José Zamora o el veterano Baldó.

Un joven Juan Javier Gisbert y Rosita Vicedo (Foto cedida por Juan Javier Gisbert)

Nuestra soprano debemos catalogarla de lírico ligera (aunque siempre se la ha definido como Tiple Ligera), de bonita y dulce voz, bien timbrada, de frescos acentos, con una clara dicción que la hizo entender en todo momento. Su fraseo fue convincente, y debemos asegurar que sintió todos y cada uno de los papeles que interpretó, consiguiendo atraer constantemente la atención del público. Aunque acusada en algunos sectores críticos “de Diva”, creo que debemos definirla como una perfeccionista “in extremis”, cosa que la hizo ser exigente con todos sus compañeros y directores. Tuvo un amplio registro sonoro, aunque en las zonas extremas nunca se sintió cómoda. Sus habilidades para con la aguja, el dedal y la tijera hicieron que siempre luciera -en cada una de las representaciones teatrales- un bonito, cuidado y lujoso vestuario, que confeccionaba personalmente a su medida. Ha sido una artista amateur de los pies a la cabeza, y lo afirmo Yo, que en algunas ocasiones he frecuentado los ambientes más críticos existentes hacia la cantante.

Cartel “Luisa Fernanda” (1983)

Esta sería la faceta mas conocida de Rosita Vicedo, pero nosotros queremos dejar constancia -y pese a su discreción y negativa a contarlo- de este punto y aparte en su vida y que merece ser citado en este artículo, porque muchas son las horas que ha dedicado hacia los desvalidos de alma, de corazón y a los impedidos físicos. A esas personas que le han pedido su ayuda, y a quién Ella siempre ha intentando corresponder. Su humanidad, los gestos sinceros y nobles, creo que siempre estarán presentes en cualquiera de sus actos. Porque la misericordia que emana de lo más adentro del ser y que nace espontáneamente como una necesidad espiritual no debe relatarse, porque ahí radica el bien. Simplemente detallaremos que a Rosita Vicedo, se la ha visto trabajando en pro de los Ancianos, del Grupo de la Hospitalidad de Lourdes, por los niños tuberculosos del Preventorio, a favor de la Cruz Roja, en la lucha contra el Cáncer,  en la Archicofradía de la Virgen de los Lirios y un largo etc… que consideramos mejor evitar por cuestiones éticas y respetuosas para con nuestra homenajeada.

Al valorar su vida, y durante una larga entrevista que mantuvimos con ella, pudimos obtener una personalísima confesión y que la define ampliamente: “Me hubiese gustado haber recibido la vocación divina, para poder dedicarme con total plenitud a los designios de la Providencia”. Quizás ese punto de humanidad interior es la que ha cautivado a los espectadores dentro y fuera de la escena, por eso siempre nos quedaremos con las tardes de gloria en el Teatro Calderón y Circo, y porqué no, con sus interpretaciones musicales en las iglesias alcoyanas, donde su voz de querubín, ha resonado y elevado hasta los recónditos lugares de las bóvedas celestiales infinitas plegarias de devoción. Alcoy entero se ha rendido ante su arte, convirtiéndola en una leyenda viva de la zarzuela local.

Coda Final:

Hoy, día 12 de Junio de 2019, se nos ha ido una querida alcoyana; ha marchado en silencio, sin ruido, sin cortar su última rosa para el manojo, sin esperar a que “Cosette” le musitara al oído… la lírica alcoyana, la música, estará siempre en deuda contigo. Un coro celestial, donde Pilar Mompó tocaba el órgano y Don Gregorio Casasempere el contrabajo, Fernando Bañó te ofrecía su brazo para cantar el dúo de Doña Francisquita, o Marcelino, tu querido “Marce” esperaba impaciente para darte ese abrazo de respeto y amor. Sin olvidar a Don Cirilo, tu confesor…

Adiós a la soprano, a la señora y a la mujer que se preocupó por los desvalidos, por su Preventorio Mariola-La Asunción, por el Cáncer, por los ancianitos del Hogar San José… Adiós a Rosita Vicedo Asensi.

 

JUAN JAVIER GISBERT CORTÉS

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