En el 75é aniversari de la seua mort: ‘Lección ante la vida de Camilo Pérez Monllor’, de Rafael Coloma Payá

Recordatori CPMonllorEl 4 de gener de 1947 moria al 17 del carrer madrileny de Fernán González el músic Camilo Pérez Monllor a conseqüència d’un tumor intestinal amb 69 anys. Tal com assenyala el diari ABC del dia següent, el cadàver va ser conduït al cementeri Nuestra Señora de la Almudena a primera hora de la vesprada abans de la Cavalcada de Reis.

A Alcoi es va celebrar un solemne funeral el 23 d’aquell mateix mes a la parròquia de Sant Maure i Sant Francesc amb la participació de les músiques de capella Santa Cecília, Nova de l’Iris i Primitiva, les quals van interpretar la Missa de Rèquiem de Perosi. Molt afectades la societat Apolo, la filà Abencerrajes i La Primitiva van decidir celebrar un concert a la seva memòria. Finalment, es va celebrar el 23 de febrer al desaparegut Teatro Circo amb una primera part en què s’interpreta L’Arlesiènne de Bizet i una segona dedicada al mestre alcoià. En programa apareixen el pasdoble Nanos i chagans; la marxa fúnebre Mater Dolente, el Capricho español i Uzúl el m’selmin (L’Entrà dels Moros). En el transcurs del concert, l’escriptor i periodista Rafael Coloma Payá li va dedicar unes paraules que foren recitades i impreses sota el títol Lección ante la muerte de Camilo Pérez Monllor que hem volgut recuperar amb motiu del 75è aniversari de la seva pèrdua.

«Murió el Maestro. Plegáronse sus ojos azules una mañana fría madrileña, en la más amarga de las ausencias. Ya había en los balcones, esperando, zapatitos y paja. Gozo y risa, rimaban estrofas de ilusión juvenil. Tras los cristales, empañados de frío, las almas blancas de los niños presentían un galopar de herraduras de oro y tres coronas reales. Cuando aun villancicos y rabeles no habían apagado sus cánticos y la inquietud en la niñez era más tensa, Camilo Pérez Monllor moría lejos de su tierra, con el pensamiento puesto en esta aglomeración urbana, en esta factoría industrial y en San Jorge, que un día operara sobre los pelados montes el Milagro y la Victoria.

A la mente del Maestro acudirían en tropel esos detalles de su vida, minúsculos y singulares detalles, capaces de definir la magnitud de su grandeza.

Fue uno de los conciertos celebrados aquí. Sobre los atriles de los profesores, la instrumentación de Fontinens. Camilo Pérez Monllor abre la página primera, donde hay letras y notas de su padre. Ataca la banda. Van sucediéndose los periodos. El Maestro tiene una mano sobre la caligrafía del pentagrama. Sus ojos están fijos en la lectura de los pasajes. No vacila, ni mira a nadie. Ya irán por buen camino los músicos. Deleitándose con lo que oye, mantiene un vivo coloquio con su progenitor. ¿Qué se dirían padre e hijo? El Maestro llora. Llora, quietos los brazos, gacha la cabeza, alto el corazón. Y así le coge de improviso el final, despertándole bruscamente del tierno y mudo diálogo, los aplausos del público.

1928
Camilo Pérez Monllor fue director de La Primitiva entre 1928 y 1933

Era el Maestro muy joven. La milicia prendió en él como un tributo de vasallaje a la Patria. Dirigía y mandaba la Banda Militar de San Fernando. Hacía a diario ensayar a los músicos. Su arte, rigorista, imponíase a todos, pese a su juventud, ante un círculo de profesores abnegados y maduros. Todos los grandes autores desfilan por los atriles de la banda militar. Sobraba todo aquello, pues no había de ser interpretado jamás. Su talento y disciplina aguantaban la paciencia de sus subordinados.

Un día, terminado el ensayo, un viejo músico se acercó al maestro y le inquirió:

– Don Camilo, nunca tendremos ocasión de tocar estas piezas.  La banda no da concierto alguno. ¿Por qué tanto ensayo de obras clásicas?…

El Maestro, todo gravedad, respondió:

-No tocamos para dar concierto alguno. Tocamos para que yo me deleite.

La respuesta, sentenciosa, fue una proclamación definitiva de su alma exquisita y artista, que pese a su juventud, se imponía severa ante la madurez de sus subordinados.

Jerez de la Frontera espera engalanada, como una novia en nupcias, la llegada del Rey de España. Brillan al sol claro de Andalucía banderas y reposteros. A rendirle honores al Monarca acuden tropas del Regimiento de San Fernando, con su glorioso tafetán morado de noble ejecutoria. Como en las bodas reales, tienen ahora en Jerez las milicias de San Fernando puesto de honor, con su Banda, al frente de la cual va Camilo Pérez Monllor, noble, apuesto, guantes blancos y uniforme azul.

El Soberano revista las tropas, entre el entusiasmo delirante de la muchedumbre. Conoce al Maestro de otras ocasiones. Y al llegar frente a la Banda militar, Alfonso XIII, todo afabilidad y simpatía, saluda al Músico Mayor

– Hola, mi buen don Camilo; mi fiel amigo; la mano, querido Director.

El Monarca, con su borbónica sonrisa, tiende su diestra a don Camilo Pérez Monllor, que iluminado y azorado estrecha la mano real fuertemente, rendidamente, amorosamente.

Terminado el acto oficial, el Maestro llega a su casa, emocionado, orgulloso y tras referir el suceso clama a su mujer:

– Guarda ese guante, como guardar puedas cuanto más ames. Con él he estrechado la mano de mi Rey.

Aquel guante blanco, con el que tuvo el Maestro uno de los más gratos y felices momentos de su vida, guardólo siempre Camilo Pérez Monllor, como se guarda una reliquia antigua o una gloriosa bandera vencedora en cien combates.

Es en el Retiro de Madrid, bajo la fronda verdosa de la arboleda. En el templete, la Banda municipal, a las órdenes del Maestro Villa, acaba de interpretar Triana de Albéniz. Una visión de colorido y sol meridionales se derrama sobre los macizos del Retiro.

El hijo de Albéniz, asistente entre el público, corre emocionado a felicitar a Villa, por la maravillosa ejecución de la obra de su padre. Villa ha dado vida a Triana, exclaman todos.  Pero alguien en la sombra, ignorado y ausente, es el autor de aquel triunfo. Villa, honrado, agradece al hijo de Albéniz los elogios y le dice:

– No es mí precisamente a quien se debe este triunfo, que tu padre ha obtenido. Triana ha sido interpretada por Camilo Pérez Monllor. A él se lo debes todo. Él ha instrumentado fielmente el pensamiento de tu padre.

Los aplausos del público fueron compartidos entre Albéniz muerto y Pérez Monllor ausente.

Y siguió riendo el sol en los macizos verdosos del Retiro.

tumba de C. Pérez M.
La tumba de Pérez Monllor en el madrileño cementerio de Nta. Sra. de La Almudena donde insólitamente no hay ninguna referencia a su nombre (Foto cedida por José María Valls)

Es también en otro concierto. Ya apenas Camilo Pérez Monllor pude tenerse en pie. Dirige su banda sentado ante el atril directoral. Va a interpretarse Tannhauser, que responde a un ideal teutónico, de poder y mando, pureza de raza, viva encarnación nacional de Ricardo Wagner.

El Coro de Peregrinos se deja oír quedo, suave, prolongado. Salta la atrevida armonía, que se diluye entre un acompañamiento de millares de notas. Y así, avanzando gradualmente, se llega al final. Pérez Monllor, desde su asiento, ha ido batuta en mano empujando a los profesores, entre riadas de notas ahora y suavidades sonoras después. El espíritu de la partitura cala muy hondo en su alma aristocrática. El ideal ario muévele los nervios. Y poco a poco, como obedeciendo a una voz imperiosa, se le ve llegar, paralelamente con la banda, al momento cumbre, al fortísimo de la obra. Sin saber cómo, el Maestro ha ido levantándose de su asiento. Las notas le han ido empujando. Ya está en pie. Su dolencia física desaparece, porque necesita fuerzas para seguir con sus manos elegantísimas el final del Tannhauser.

Y así, de pie, termina Camilo Pérez Monllor la bella página wagneriana, en una absorción de fuerzas, que la música del germano ha inyectado al cuerpo enfermizo del Maestro.

Yo he leído cartas postreras del Maestro. Toda su única ilusión era venir a Alcoy. Vivir en Alcoy. Morir en Alcoy.

Presintiendo quizás su final, deseaba ardientemente divisar el paréntesis rocoso del Barranc del Sinc y saber de la pina configuración de nuestras calles. Le ahogaba saberse lejos y enfermo. Al advenir las fiestas abrileñas, la queja se escapaba de sus labios y una imagen de San Jorge y una esposa enamorada disimulaban su tristeza. Era un alcoyano sin esa faramalla llorona, localista y provinciana de la terreta. Ambicionaba la tierra alcoyana, por lo que de sagrada para él tenía la casa donde nació, la tumba de sus padres y los recuerdos tradicionales que de niño inculcáronle en su corazón: la derrota de los moros, Chuan l’aixà, los terremotos del XVII y los lirios del Carrascal.

Amaba a Alcoy, a la manera como los grandes hombres amaron a su Patria.

Y aquí queda retratado Camilo Pérez Monllor.

Digamos que era bueno, noble, artista y patriota. Supo llorar ante la música de su padre, pasó ignorado ante el triunfo que le pertenecía, amó a su Rey y a su Patria, quemó a diario el arte de su alma, llevó siempre a su tierra y a su Santo metidos en su corazón. Fue capaz, por sí solo, de levantar la cultura de todo un pueblo y trazar, con el tesón de su espíritu disciplinado, la ruta musical que hoy contemplamos.

Murió de pena y de tristeza, en la sencillez de un piso recoleto madrileño, pensando en Alcoy. En este Alcoy que, digámoslo sinceros, soportó fríamente que Pérez Monllor huyera de su casco, para buscar en otros climas y otros hombres, cobijo y amparo.

Así murieron, tristes y melancólicos, Andrés Sempere, el gran retórico humanista; Luis Juan de Alzamora, Secretario de Don Juan de Austria; Gregorio Ridaura, beneficiado de la catedral de Valencia; Antonio Gisbert, pintor insigne; Juan cantó, director del Conservatorio de Madrid; Lorenzo Carbonell, héroe y laureado; Gonzalo Cantó, cantor de nuestro campanario; y tantos otros, prez y honra de Alcoy, que Dios o la incuria de todos nosotros hace que duerman la paz de la muerte lejos del pueblo que les vio nacer, esperando pacientes la mano de nieve que sepa devolverlos a nuestras entrañas.»

 

 

 

 

 

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